Viernes, 26 de diciembre de 2008
Ricardo E. Tatto
Aprovechando algunos comentarios que se han escrito en esta sección sobre los protocolos laxos o los rigores disciplinarios a los que uno se ve obligado dentro de los espacios culturales sacralizados, vale la pena detenernos un momento para discurrir a este respecto, sobre el público, los aplausos y los espacios. 
Siempre he sido agrio crítico de las cúspides catedralicias de índole cultural y artística, ya que si bien promoviendo y difundiendo dichos eventos al acercarlos a la gente se ganan adeptos, también existen sus bemoles cuando se trata de popularizar en demasía cierta manifestación artística, de cualquier disciplina que se trate.
Lo anterior lo menciono porque popularizar lo académico -o academizar lo popular, que es casi lo mismo-, conlleva ciertas pérdidas en el nivel interpretativo y de apreciación que al ejecutante y al espectador conviene respectivamente. Esto viene a cuento por dos posturas disímiles en cuanto a ello, la del amigo Conrado Roche, y la de un servidor.
En su reseña del viernes 12 de diciembre, comentó que los yucatecos “no somos dados como audiencia a ser muy expresivos en nuestras manifestaciones de entusiasmo”. Lo cual no me parece del todo acertado, ya que más que reacios, son dados al aplauso fácil y a exigirle poco a los artistas que nos visitan y que al ofrecer un espectáculo, desde antes de comenzar ya se tienen ganada la simpatía del público. 
Sin ser esto una crítica a la virtud y amabilidad de los yucatecos, cuando se trata de medir, sopesar y criticar una manifestación artística, lo anterior queda fuera de toda consideración, ya que es necesario ceñirse al mero hecho cultural sin dejarse llevar por las frecuentes loas y aplausos que escuchamos cada semana.
Ahora bien, los aplausos tienen su momento y razón de ser. Es una expresión de entusiasmo, un reconocimiento en gratitud por algo que los artistas nos han dado. Pero para que ese momento llegue, primero el artista debe probar su valía, así sea Plácido Domingo. Una vez hecho esto, entonces sí, venga la lluvia de aplausos, los gritos, los bravos y los hurras; o, en su defecto, los abucheos y las rechiflas. ¿Cuándo fue la última vez que alguien asistió a un teatro meridano y escuchó una rechifla?
Por el contrario, al no mesurar nuestras ansias aplaudidoras, nosotros como público sí hemos provocado momentos bochornosos cuando algún director invitado viene a conducir nuestra sinfónica y palmeamos al finalizar cada movimiento musical de un concierto o sinfonía. Si bien el exabrupto no es condenable cuando es sincero, seamos honestos y admitamos que es un problema de falta de educación en materia artística, ya que no obedece a la interpretación en turno, sino a que automáticamente creemos que cuando ya acabó una canción debemos aplaudir. Es el temor al silencio, al vacío. La dolorosa verdad es que a muchas personas de las que acuden eventualmente a escuchar la orquesta nunca nadie les ha dicho que no se debe aplaudir entre movimientos. Simple y sencillamente lo ignoran, ocasionando que otras personas del público se vean obligadas a callarlos o pasar pena ajena. Roldán Peniche y Víctor Salas, asiduos melómanos y críticos musicales de la OSY, no me dejarán mentir. 
Todo depende del contexto y del espacio en el cual se desarrolle un evento. Mientras que en el jazz sí se puede aplaudir al finalizar los solos o un pasaje memorable, es un error hacerlo cuando la pieza aún no ha terminado del todo, ya que los verdaderos jazzistas que ejecutan el interplay, en muchos casos pueden engañarnos y retomar la pieza y el tema justo cuando creemos que ha terminado. Pero si se palmea durante los estertores finales, les quitamos esa oportunidad de continuar sorprendiéndonos y a la vez nos perdemos de la sublime sensación de disfrutar los ecos de la última nota.
Hay que ubicarse, ya que no es lo mismo estar en un festival a la orilla de la playa (como el de Newport o la Riviera Maya), en una tocada en un bar o en la plaza grande, que en un concierto realizado en un teatro. Lo digo, aún con riesgo de ser tildado de “perenne snob” o de pretencioso, pero creo que es importante llegar a un consenso, en aras de que todos como sociedad disfrutemos del arte a cabalidad, en este caso la música, en condiciones adecuadas. 
El motivo de las normas en los teatros tienen una razón de ser, y aunque a muchos les parezca un acto de esnobismo censurar con un ¡shhh! al que aplaude entre movimientos de una composición, no diría lo mismo si uno aplaudiera a la mitad de una película o contestara una llamada de celular en plena función. Son usos y costumbres cívicos que están implícitos, una cuestión de educación, lo mismo que no encender un cigarrillo en un sitio público rodeado de gente no fumadora aunque no esté señalada la prohibición: por simple y llano respeto.


Día 1.- Louis Martinez Trio dio por inaugurado el festival. Sin embargo, la conjunción de maestro y alumno (Beto Palomo, bajo) no dio resultados. La línea melódica, los diálogos entre instrumentos de cuerdas, fueron infructuosos: demasiado influenciado por el jazz y la guitarra francesa, la música que tocaron fue plana, sin profundidad ni mayores sorpresas. Arturo Guzmán y Mauricio Bonfiglio como invitado cumplieron como bateristas, pero sólo eso. Hubiera sido mejor un duelo de guitarras, instrumento que caracteriza a Palomo mucho más que el bajo eléctrico.























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